lunes, 17 de octubre de 2011

Educación


"¿Y yo a qué le apuesto en educación?", el ejercicio de responder esta pregunta se complejiza, porque ella por sí, exige una respuesta que si bien se contesta desde un “acá”, está dirigida a un “allá”. Este “allá” no solo corresponde a un espacio, sino a un tiempo determinado, que aunque vislumbrado, es desconocido. Por ello, en este escrito no abordaré la forma de la educación, sino el fondo, porque los escenarios educativos  cambian, las personas que intervienen en los procesos educativos cambian, los contenidos cambian, las tecnologías cambian, los recursos se transforman; en fin, ninguno de estos elementos permanece constante, las realidades se releen y por supuesto, yo como ser humano, no soy igual. Sin embargo, en lo referente al fondo o contenido, hay elementos que subyacen, que permanecen y que son esenciales, que hay que desempolvar para reevaluar y revalorar  permanentemente; son elementos constitutivos, que sostienen y como faro, dan dirección. maria

De estos elementos "esenciales" se constituye el contenido de este escrito, y acerca de ellos cómo es que son un todo, constituyendo un quehacer [la formación], que se lee continuamente a la luz de lo circundante y que a su vez es clave de lectura, bajo la cual se relee la realidad y por la que la realidad misma encuentra norte. Estos son pilares, que determinan el rumbo de la formación, cualquiera sea el escenario frente a cualquier grupo de personas. De esta forma dejo claro desde el inicio, que mi apuesta es pasar de la mera educación, a un COMPROMISO VITAL de formación, que implique una construcción reciproca del conocimiento con los jóvenes. Compromiso vital, que esté en movimiento, abierto a la crítica y sea preciso en la intención con la que modela. De esta manera mi indagación y posterior apuesta, será teleológica, responderá a los fines de la formación, así mismo, las pretensiones en la formación van de la mano con la manera de concebir al ser humano, por eso mi indagación inevitablemente será también una apuesta, por un principio subyacente en la antropología: el amor.

Apuesto a una formación autónoma[1], como fin de la educación y esto implica formar a un ser humano, a un joven completo, que ejercitado en la autonomía, haga elecciones justas, honestas, bondadosas y respetuosas, en las que sea primordial considerar cómo afectan aquellas la relación con los demás, a quienes se les reconoce dignos y con voz, cooperando para hallar puntos en común mediante los cuales se construya humanidad y sociedad. La meta es llevar una vida  intelectual y moral, autónoma, en la cual sea posible ser dueño de sí mismo, actuar no por convicción  y con pasión, no por temor, mediante coerción.

EN  DEVENIR
Le apuesto como fin de la formación a que la persona humana joven, se conciba y se asuma  ser inacabado, en devenir, o sea, en constante ejercicio auto-reflexivo[2], en el que se mire, se piense y se conciba a sí misma llena de posibilidades, asumiendo que su acción, es decir, el desplegar continuo de su humanidad, implica configurar –hallar y dar sentido- al individuo, la cultura y la sociedad. Así pues, esta meta solo es realizable en la medida en que, la educación sea comprendida como formación de seres humanos y en esta medida sea una formación Integral.
De este mismo modo, es importante apuntar a la trascendencia[3], es decir, comprenderse finito y conmensurable,  criatura libre, cuya humanidad es condición de posibilidad de la persona, quien es capaz de optar por lo infinito e inconmensurable,  que da sentido a lo humano; desde luego la actitud fundamental será la escucha y la auto-reflexión, que permiten descubrirse en permanente construcción, responsabilizarse de la vida resignificándola y pensar, pensar el pensamiento y desde ahí pensarse[4]

COMPROMISO VITAL
Le apuesto a la formación integral[5], más aún a la formación como un compromiso vital. La formación integral asume al joven como totalidad, le reconoce en constante despliegue de todos los ámbitos de su existencia,  no privilegia la inteligencia sobre la afectividad, no dicotomiza el desarrollo individual del social. En cambio, propicia el desarrollo armónico  de todas las dimensiones del individuo, que no desarrolla de la misma manera, ni con la misma intensidad, ni al mismo tiempo. Comprende que la totalidad se construye en la combinación de las diferencias; en fin, busca el sentido de toda la acción humana.  Desde esta comprensión de la persona humana y de la educación, la tarea de la formación consiste en introducir al ser humano en un mundo en constante cambio, e impregnar de valor formativo toda actividad que se realice (porque el conocimiento permear toda la vida, más allá de la institución educativa), concibiéndose como lugar de encuentro y de diálogo, y como creadora [la formación] de sentidos y configuradora de identidad[6].  Formar a la persona, implica una vía por medio de la cual se le posibilita que se apropie, ame y se responsabilice de su humanidad. Es en este sentido en el que apuesto por la formación como un compromiso vital; vital en tanto el joven comprende y logrea reflexionar, que sea cual sea el camino por el que opte, la formación estará siempre presente en su vida, será un proceso que nunca acabará, en el cual jugará los dos roles de la formación, formador y formando; por tanto es necesario que haga conscientes proceso mediante los cuales asuma su existencia como un compromiso, en el cual es protagonista, es él mismo quien en un punto determinado modelará su ser. En esta misma línea, la apuesta es que cada persona sea agente de su propia formación[7] para no basar las relaciones propias del ejercicio formativo, en la jerarquía y el despotismo. En consecuencia propongo no eliminar, sino releer la figura de autoridad, que representa el maestro, a la luz de los sabios ancianos, a quienes la comunidad escuchaba para actualizar aquello fundante, que unía y daba identidad. Desde esta mirada más humana por tanto cercana,  se entiende que el maestro tiene la capacidad de guiar procesos formativos hacia la formación integral, de abrir horizontes y confrontar realidades. De esta forma la retroalimentación, la relación y el compartir llenan de sentido su hacer y el quehacer de quienes se forman, pues él no solo muestra, sino que al mostrarse provoca. Las relaciones maestro-estudiante se construyen desde las experiencias comunes en las que se juega la vida misma.

DIÁLOGO
Apostar por el diálogo, implica retomar el efecto -según los filósofos antiguos- que tiene el diálogo directamente en el alma, de quienes participan en él; el diálogo modela el alma, porque en la medida en que el diálogo toma su propio cause, examino a mi interlocutor y me examino a mi misma, replanteo, retomo, memorizo y ordeno, entre tantas otras actividades que permite el diálogo. Esta forma de relacionarse y de formar, exige generosidad y libertad, frente al diálogo como ente autónomo y entre los interlocutores; éstos mediante argumentaciónes enriquecerán el diálogo.  
La tradición lo ha dicho, la experiencia y la intuición lo afirman, el diálogo es fundamental en la formación, por ello es importante reconocer a la persona humana, inherentemente dialogante. La relación dialógica[8], se ocupa del  espíritu del diálogo, que es guiado y ordenado por el intercambio propio de la comunicación, de manera que tiene la capacidad de llevar más allá, de las intenciones iniciales. El diálogo atrapa y absorbe, al yo, siempre en relación con el otro, fomenta y motiva las capacidades del intercambio comunicativo, no se reduce al ámbito de la lógica, ni de la lingüística; entre tanto, contiene un elemento pedagógico que no marca un límite entre la enseñanza y el aprendizaje.
La relación dialógica preserva las diferencias,  lingüísticas, culturales, raciales, sexuales y de clase, como oportunidad para crear relaciones de comprensión, cooperación y así alcanzar nuevas perspectivas, conclusiones comunes, comprensión y aprecio por la posición del otro. Entonces, condición que posibilita esta relación, es la reciprocidad igualitaria entre los interlocutores, referida al interés y al respeto, la flexibilidad y heterogeneidad.  Esta relación además tiene en cuenta la presencia de elementos cognitivos y emocionales en su creación y mantenimiento, tales como el compromiso reciproco que adquieren los interlocutores y que exige de ellos tiempo y persistencia; respeto,  expresado en la escucha, pues "es una forma específica de hacer posible que se oiga la voz del otro"[9]. Así también aprecio, valor y estima por los otros y por sus aportes, amor por el interlocutor, que suspende el juicio y capta la tesis del otro; y  la teleología del diálogo, al obtener un acuerdo o desacuerdo que estimule.
Esta relación dialógica es además de una preocupación educativa, un problema social y político, que orienta la vida práctica, convirtiendo las cualidades personales en objetivos educativos. Se hace necesario un compromiso en el que el diálogo no solo sea una manera de solucionar los desacuerdos, sino que sea un estilo de vida, porque aunque ya lo tenemos, parece que estuviera todo el tiempo en piloto automático, de modo que se hace necesario, que sea puesto en acción de manera consciente; así, el diálogo será evolutivo y diacrónico.

CONSTRUCCIÓN COMUNITARIA
Le apuesto a comprender al ser humano, como unidad biopsicosocial[10] dentro de la diversidad que le rodea y de la que hace parte; es decir, el joven le apuntará a construir la cultura en la que quiere vivir y según la cual se modelará el desarrollo de su personalidad y en consecuencia la personalidad de quienes vienen tras él. Esto implica que esta construcción se realice en comunidad, que a partir de las necesidades propias, el joven defina los valores e ideales, que serán su itinerario. Nos adelantamos a decir que, ya que la construcción es comunitaria se trabajará por la libertad, la autonomía, la democracia y la justicia, hacia los cuales se guiará la formación como compromiso vital.
De modo que, la apuesta va por no privilegiar la razón sobre la afectividad, salir de la zona de seguridad y confort, e integrar lo corporal, lo emocional y lo subjetivo, junto a lo cognoscitivo; reconocer que la acción humana es autónoma y libre, y propende por la diversidad, la singularidad y la autonomía. Esto implica que se rescate lo afectivo dentro de la formación, de aquí que, además del  aula, la familia, los mass media, las prácticas sociales y las relaciones interpersonales formen[11]. Apostarle a una construcción comunitaria, que conlleve a ponerse al servicio de los demás, inevitablemente transformará realidades, porque la base del servicio es el amor que solo es generado por un movimiento interno de comprensión de la realidad del otro, en la cual subyace la justicia y la igualdad, el respeto por los derechos y libertades fundamentales de los otros, la cooperación y el respeto por la dignidad todos en la comunidad. 

Mi apuesta en educación, es pasar de la mera educación a un COMPROMISO VITAL de formación, en el que se juega la vida misma, las tradiciones, la cultura, la identidad y todo un proyecto de nación y de sociedad, y por ello implica una construcción reciproca de conocimiento con los jóvenes. Es decir, dejar a un lado la sola adquisición de conocimientos, y apuntar a la construcción del conocimiento a partir de la propia necesidad, que la formación sea trasversal a lo que hacemos y a lo que somos, pues permea la vida entera.  Esta apuesta es un movimiento bidireccional y reciproco entre los jóvenes y yo, desde donde ellos se mueven y desde donde me muevo en mi quehacer formativo. Prefiero darle vida a mí propuesta con el lenguaje, empleando “compromiso vital”, que “integralidad”, porque la formación se aborda desde los paradigmas educativos que ofrece la psicología, desde los paradigmas políticos, éticos, sociales, epistemológicos, culturales y religiosos –mi específico quehacer- en los que me encuentro inmersa.

Es fundamental comprender que el joven es agente de su realidad y que la formación debe propender por la unidad, por supuesto, en la persona humana, en todas sus realidades, ámbitos y posibilidades; pero además debe ser punto en el que converjan, todos los sectores de la población, pues la formación como compromiso y asunto vital, forma sociedad, fortalece la cohesión y la identidad, construye redes de apoyo[12], familias comprometidas con la construcción de comunidades y personas dueñas de sí. Mediante el diálogo es posible poner en común la cultura, para que deje de ser implícita y se haga expresa la importancia de fijarla como objetivo en la formación, acompañada de autonomía, formación integral, dialogo y construcción comunitaria, que requieren un compromiso que con el tiempo deviene en confianza, y en amor inclusive.




[1]KAMII, Constance Kazuko, La autonomía como finalidad de la educación implicaciones de la teoría de Piaget, Círculo de Chicago, Chicago.
[2] CAMPO, R. & Restrepo, M., Formación Integral: modalidad de educación posibilitadora de lo humano, Facultad de Educación. Pontificia Universidad Javeriana. 2000. P. 4 – 31.
[3] Ibíd.
[4] Ibíd.
[5] KAMII, Constance Kazuko, La autonomía como finalidad de la educación implicaciones de la teoría de Piaget, Círculo de Chicago, Chicago.
[6] CAMPO, R. & Restrepo, M., Formación Integral: modalidad de educación posibilitadora de lo humano, Facultad de Educación. Pontificia Universidad Javeriana. 2000.
[7] Ibíd.
[8] Propuesta por Burbules. BURBULES, Nicholas C., El dialogo en la enseñanza, teoría y práctica. Amorrunto Editores, Buenos Aires, 1999. P. 45 – 82.
[9] Ibíd., p. 63)
[10] TRUJILLO, S., La sujetualidad: Un argumento para implicar. Propuesta para una pedagogía de los afectos. Editorial Universidad Javeriana. Bogotá. 2008. P. 27 – 61.
[11] Ibíd.
[12] Expresaría Santa Teresa de Ávila: “amigos fuertes en tiempos recios”, en su Camino de Perfección,  Editorial Espiritualidad, Madrid, 1971.